Juana Inés, nuestra Juana Inés.

Se nos olvida que los personajes de nuestra historia fueron algo más allá del óleo sobre tela o el bronce que las aves se encargan de embadurnar con guano todos los días. Sabemos que ellos, a diferencia nuestra, fueron héroes de alguna batalla, llámese Independencia, Revolución, Educación o Letras.

Y se nos olvida que ellos, al igual que nosotros, caminaron, comieron, amaron, soñaron, y que bien mirados, son cadáver, polvo, sombra, nada…

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Hoy hago alusión a uno de los poemas más famosos de La Décima Musa, puesto que esta entrada va dedicada a la serie de televisión que, durante siete semanas, me tuvo al filo del sillón cada noche de sábado y, ¿Por qué no? También las noches de martes en que se transmitía la repetición. Por supuesto, estoy hablando de Juana Inés, una gran apuesta que el Canal Once del Instituto Politécnico Nacional nos brindó en este 2016.

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Como el nombre lo expresa, Juana Inés nos trae a la pantalla chica una versión de la vida de Sor Juana Inés de La Cruz, icono nacional y femenino que muchos sólo reconocen por el billete de doscientos pesos y por los famosos versos “Hombres necios que acusáis a la mujer sin razón”. Pero, antes de ser “la del billete”, La monjita que escribe (como nuestros profesores de la primaria nos contaban), El fénix de América, antes de las loas y los vítores hacia una de las mentes más brillantes de la Nueva España, ella era una mujer. La mujer, carne y hueso, misma que Patricia Arriaga puso ante los reflectores.

Nuestra Juana Inés.

No podemos hablar de Juana Inés si no hablamos de su obra. Sin embargo, el tener su obra completa no nos daría a la Juana Inés de carne y hueso que creció observando una Nueva España de identidades confusas y mundos cruzados – puesto que cada cabeza es un mundo –. El vacío tiene la ventaja de ser llenado, y en esta producción observamos una característica bien clara de las narrativas actuales: hacer partícipes a todos nosotros, los que estamos a la expectativa de cada episodio. Así, no se muestra sólo a sor Juana, la heroína cristalizada que nos pintaban nuestros profesores de educación básica, sino a ese humano que espera a llenar esos vacíos que, para ser francos, sólo vuelven a sor Juana un discurso y una figura inasible, algo más que es para ser grande… y sólo eso.

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Sin embargo, en Juana Inés observamos, desde el primer capítulo, no a La Décima Musa como La monja que escribe sino como una muchacha que enfrenta los demonios de la vida cotidiana. La joven Juana de Asbaje (interpretada por Arantza Ruiz) se muestra ya como una mujer de espíritu indómito, personalidad tanto jovial como cínica, misma que le permite moverse en la corte de la Nueva España y contar con la protección de la virreina Carreto (Lisa Owen); una mujer del diario hacer (interpretada por Arcelia Ramírez), que ríe, llora, se ve envuelta en intrigas y habladurías dentro del convento, a una dama orgullosa, que incluso comete alguno que otro soborno y que reconoce en ella misma la debilidad de la carne. Nos muestra la complejidad de nosotros mismos, de no estar en límites definidos: siempre en medio (ella, en medio de la corte y el convento, entre la libertad y la celda).

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Ésta, nuestra Juana Inés, se nos revela y se libera del velo con que gran parte de nosotros la recordamos; así, se nos muestra no profana sino, más bien, en calidad de humana, rasgo que también se extiende hacia aquellos personajes que, en la Historia, se nos antojan como sombras exacerbadas que persiguen a la Décima Musa y la limitan en su viaje al conocimiento. No obstante, debajo de la sotana y el solideo, enterramos a los humanos – muy humanos – que igual que nuestra Juana Inés, también padecieron y atestiguaron, querámoslo o no, los demonios y las virtudes de su época. Así, el asceta Aguiar y Seijas (intepretado por Carlos Valencia) se convierte tanto en verdugo como en un discurso del deber, una figura rigurosísima que no pocas veces colocó en jaque a sor Juana; Antonio Núñez de Miranda (Hernán del Riego), indiscutible y recto hombre de fe, asevera que la envidia lo corroía e intentó hacer el espíritu de Juana Inés tan pequeño como el suyo. Y no obstante, pese al poder que estos nombres imponían en la religiosa, mostraron su lado más humano, más sensible e incluso entrañable, donde los malos no lo son tanto y los buenos no son tampoco muy santos.

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Admito que, cuando recién conocía la obra de la poetisa mexicana (a la tierna edad de ocho años), jamás pensé que aquella monja se desdoblaría de sus no pocos retratos, sólo para volver a pisar las baldosas del Convento de San Jerónimo. Tampoco me pasó por la cabeza que hubiese sido castigada con labores de cocina y que sobornase a una de las hermanas para lograr el honor de elaborar el Neptuno Alegórico; nunca imaginé que, en televisión nacional, Juana Inés besaría a la virreina María Luisa Manrique de Lara (Yolanda Corrales) y que sus correspondencias casi le costaran el pellejo.

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De esta Juana Inés, nuestra Juana Inés, hay dos palabras clave que no deberíamos dejar ir:

Libertad: Incluso dentro del convento, tenía correspondencias con media Nueva España, recibía la visita de no pocas personas y contaba la admiración de personalidades nada desdeñables.

Conocimiento: Pese a ser enviada a la cocina por sus múltiples desacatos, en la cocina (según declara en la respuesta a Sor Filotea) aprendió mucho y siguió su camino del saber.

Es verdad que uno no puede desligar la imagen de la intelectual y mitológica Sor Juana Inés de la Cruz y que ésta, en ocasiones, no encaja con las tendencias sáficas que algunos reprimieron (como en el capítulo Divina Lysi) ni con el sarcasmo y humor que mostraba tanto en el locutorio como en cualquier lar del convento. De igual manera, mucho se ha dicho del apego o desapego de los datos biográficos oficiales de su vida, qué aciertos se cometieron y cuáles no, qué rasgos son de época y cuáles pueden desencajar. Todo es verdad, todo lo leí en redes y, aquí es donde cae la labor del hacer, de nuestra acción como televidente: el ser un consumidor con cierto criterio. ¿Acaso todas las series históricas nos muestran de forma prístina lo que sucedió? Imposible: nuestra manera de relatar este tipo de series siempre tendrá el cristal de la visión de nuestro tiempo. Hay una historia oficial, pero, ¿Qué es la historia sino otra narrativa más o menos aceptada por tales o cuales mayorías?

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Independientemente del apego de datos o no,  la semilla ha quedado: lograr crear un diálogo que no se quede sólo como una voz que ha pasado de noche y que nadie escuchó; generar curiosidad, atención.
En un país donde pedimos perfumes pero se engullen heces (aludiendo al relato breve de Baudelaire), Juana Inés es el ejemplo claro de que se pueden hacer series y contenidos de calidad en México, algo que no se sienta como la copia de la copia de la copia de un guión que lleva más de setenta años cambiando de nombre y rostros.

En lo personal, me considero una admiradora de este trabajo que nos retrató a aquella que, Antes de ser historia fue Juana Inés.

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Por ahora, se despide de ustedes Luisa Wolf, su cínico Lobo Panzaverde.

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